Regalo de San Valentín.

 

 

La luz del restaurante daba directo sobre sus ojos y por momentos parecía enceguecerle.  Damián se levantó de su lugar, se acercó a uno de los meseros que pasaban por allí y le solicitó una mesa en un sitio diferente; él de mala gana le respondió que le ayudaría en tanto se desocupara un poco. 

Damián volteó los ojos sabiendo que esa ayuda no llegaría y resignado regresó a su mesa. El mesero después de todo había dicho “en tanto” se desocupara, no en cuanto, por lo que se limitó a continuar bebiendo de su cerveza que ya iba a medio vaso.

Todavía era temprano.  El Centro Comercial El Tesoro, bullía de personas. Damián sólo deseaba que no le hicieran esperar más, aunque a decir verdad, su impaciencia sería igual sin importar en qué lugar se sentara.  Podría cambiarse de silla y sentarse dándole la espalda a la luz, pero, desde donde estaba, podía ver la entrada del lugar perfectamente.  Tenía que reconocer que le molestaba el olor de la ensalada Mediterránea que la chica del lado de su mesa había pedido.  No podía explicarse cómo era posible que le hubiesen traído más vinagre balsámico para aderezarla.  Se llevó las manos a la nariz y la frotó, disimulando un poco.

Entre tanto, comenzaba a rezar por que pudieran cambiarle de lugar pronto, aún si eso significaba no tener la estratégica posición para espiar la entrada del restaurante sin obstáculo alguno.  Miró el reloj por enésima vez esa noche, luego el sitio. Al igual que todo el Centro Comercial estaba atestado de personas, por lo que la remota esperanza de ser mejor ubicado ya había desaparecido.

Movió sus labios por instinto para limpiar la espuma de la cerveza que se había quedado sobre su labio superior.  Dejó reposar el vaso sobre la mesa y se inclinó hacia el frente, cambiándole la posición y dejándolo un poco más lejos.  Hizo espacio para poner el libro que había llevado consigo y olvidarse de que seguramente le habían dejado plantado. Así por lo menos podría seguir pretendiendo que estaba interesado en lo que estaba leyendo.  La verdad era que, ni siquiera recordaba lo que había “leído” y mucho menos podía concentrarse.

El tiempo pasaba y la luz ya no era lo único que le molestaba.  Miró su reloj por, la que se juró, sería la última vez esa noche y al darse cuenta de que eran casi las nueve, estuvo seguro de que Carlos ya no aparecería. 

Se removió en su asiento.  Estaba enojado y a punto de lanzar lo que quedaba de la cerveza contra la maldita luz que inmisericorde pretendía seguir encegueciéndole, o el libro, lo que primero se le ocurriera tomar.

—Puta vida —dijo entre dientes.

Ese día se había preparado para verle. Había cortado su cabello; sus rizos, que usualmente llevaba justo en el comienzo de la nuca, nunca más largos de ahí, ahora eran demasiado cortos para siquiera parecer rizos, y le hacían sentir extraño. Su peluquero había bromeado porque su cabello era hermoso y su tonalidad rubia los hacía, en sus palabras, literalmente perfectos.  También se había comprado ropa nueva, la maldita chaqueta de “Arturo Calle” que a Carlos le había gustado. Sin embargo, la verdad era que, estaba cansado de que algo así le siguiera pasando cada vez que se preparaba para él y Carlos le dejaba plantado.

Estaba a punto de tomar su vaso de cerveza, cuando una sombra bloqueó la luz que continuaba golpeando sus ojos.  Fue molesto, tuvo que admitirlo. El cambio de luminosidad le afectó y lo hizo llevarse la mano hasta los ojos y frotarlos, mientras se ajustaba.

A pesar de ello, la intromisión fue bien recibida. Cuando finalmente levantó la mirada, se encontró con los ojos más azules que hubiese visto en su vida, y aunque alguna vez pensó que el cabello largo en un hombre era, por lo menos ridículo, el de su salvador, largo y azabache, no le pareció ridículo en absoluto.

—Hola.  —El hombre hablaba y él se sintió encantado por su voz aterciopelada. Seguramente era la cerveza que ya había subido a su cabeza—. ¿Me preguntaba si le molestaría compartir su mesa conmigo? 

Damián se le quedó mirando por un instante más, pensado si sería una buena idea o no, pero al darse cuenta de la hora y de la ausencia de Carlos, terminó por asentir, percatándose mientras el otro se sentaba, del maletín que llevaba colgado en su hombro izquierdo.

—Mi nombre es Alejandro, mucho gusto.  —El joven estiró su mano para estrecharla con la suya, pero Damián seguía sin despegar los ojos de los suyos, impresionado por su tonalidad, y por la naturaleza con que le hablaba—. ¿Usted… no tiene nombre? —preguntó preocupado porque aún no modulaba palabra.

Damián se apresuró a responderle y darle la mano sin darse cuenta que le estaba ofreciendo su mejor sonrisa, luego levantarse un poco e invitarlo a tomar asiento en frente suyo. 

Notó como Alejandro ponía el maletín en el asiento que quedaba a su izquierda y entre ellos.  —Damián, es Damián —respondió en cuanto ambos estuvieron sentados—. ¿Tu portátil? —preguntó señalando la valija.

A lo que Alejandro asintió.

Los niños de la pareja de la mesa a su izquierda, comenzaron a gritar en esos momentos porque los crayones que les habían dado las meseras junto con sus cuadernos de dibujo, se habían partido a la mitad y querían uno nuevos.  Damián se llevó la mano a la sien, mientras el otro simplemente levantó los hombros ante el ruido de los pequeños.

—De veras lo siento y no quiero ser una molestia… se supone que debo entregar un trabajo de la Universidad en un par de días y es un hecho que en la casa en que vivo no podré hacerlo. —Alejandro le soltó hablando a toda prisa; haciendo que Damián riera.

Luego tomó su cerveza y finalmente bebió de ella. —Además, el lugar está lleno de gente y es lo más tranquilo que pude encontrar para trabajar… y pues, no quedaba un lugar donde sentarme.

—Con la bulla que hay aquí, creo que tu casa habría sido una mejor opción. —Damián hizo el comentario sin malicia, luego sonrió por cortesía. La luz que le llegaba de frente había aminorado y el ambiente pesado en el que antes sentía que se ahogaba por la decepción de otra noche en la que quedaría plantado por Carlos, se iba disipando. Así que ya llevaba un par de minutos sonriendo genuinamente.  Al menos le sería más llevadero el quedarse en el restaurante.

—No sos de Medellín, ¿verdad?

—¿Se nota?

Damián tomó otro sorbo de su bebida y levantó la mano para llamar al mesero y que se acercara a su mesa.  De inmediato se presentó, poniendo su mejor cara, pensando que Damián armaría una escena por no haberle cambiado de mesa, incluso trató de disculparse, empezando con una retahíla de excusas que él acalló de inmediato. —Tráigame otra Murphy’s, por favor, y un vaso, yo mismo la serviré. —Se giró hacia Alejandro—. ¿Querés tomar algo?

—Lo mismo que vos.

—Otra Murphy’s, otro vaso y por favor, es en serio que me encargo de servirlas.

El mesero retiró la botella y el vaso que Damián ya había consumido y se dirigió al bar a hacer su pedido, observando hacia la mesa de soslayo, molesto por las excentricidades de otro cliente esa noche.  Al menos, se decía, no le había regañado por no cambiarle la mesa.

Damián vio a Alejandro sacar el portátil del maletín y acomodarlo en la mesa.  Toda la escena se desarrollaba en frente de sus ojos, casi en cámara lenta y él se limitó a poner su mano bajo su mentón y dedicarse a observarlo.

—Soy un tonto —habló el recién llegado antes de mirarle directamente a los ojos—. Le pedí que me dejara sentar en su mesa, ahora me invita a un trago y yo ni siquiera le he preguntado si está esperando a alguien.  Soy un completo entrometido.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Es San Valentín.

El rubio sonrió de nuevo, de repente le era fácil hacerlo con Alejandro, y pasó sus manos por su cabello, más por reflejo y costumbre que por otra razón.  Quizás era su forma de reaccionar al flequillo del pelinegro que se derramaba por los lados de su rostro y que le veía pelear por acomodarlo tras de su oreja.

—Primero… el “Valentín” es una fiesta internacional, aquí en Medellín celebramos “Amor y Amistad” en Septiembre. —El muchacho rió a carcajadas ante el comentario y Damián también lo hizo—. Segundo… es complicado…

—No discuto que podemos repetir la celebración en Septiembre. —Alejandro hablaba de nuevo, esta vez no miraba hacia él si no hacia la pantalla de su computador—. Pero lo segundo… ¿Qué es complicado? 

Antes de que pudiera responder, el mesero llegó con las cervezas y las puso en frente de Damián y detrás del computador. 

Ambos agradecieron y Alejandro bajó un poco la pantalla de su equipo para ver lo que Damián haría, curioso por el comentario de ser él quien las sirviera.

—La cerveza Irlandesa, mi querido Alejandro, debe ser bebida como si fuera una obra de arte. —Damián hablaba con propiedad del tema y Alejandro le vio tomar la botella y luego inclinar el vaso para servirla mientras continuaba con su explicación—. Al servirla puedes ver como la cola y la cabeza se separan.  La cola es la parte negra, la cabeza es la espuma; una vez que está servida, puedes disfrutarla cual si fuera ambrosía.

—Sabe mucho del tema, ¿No, Damián?

—Sé mucho de muchas cosas, pero al menos vos tuviste la decencia de escucharme, no como mi novio Carlos que ni me escucha ni viene a nuestra cita en el día de los Enamorados. —La parte sobre Carlos salió amarga y casi en un susurro de sus labios, lo cual no evitó que Alejandro le escuchara.

—¿Y cómo se toma? —Se apresuró Alejandro—. Digo, igual voy a tomarme la cabeza y la cola, ¿no?  Pero si se sirve de manera especial, ¿no debe tomarse de igual manera?

Damián no dejó pasar por alto que Alejandro estaba siendo amable para no comentar sobre su indiscreción y lo agradeció.  Le demostró a Alejandro cómo beber su cerveza y notó con cuidado cómo el otro cerraba su portátil y bebía de su vaso, imitándolo.

—Tengo una enorme biblioteca en mi casa y seguramente te serviría para tu trabajo. ¿Qué decís?  ¿Te gustaría estudiar en mi casa?

Alejandro sencillamente asintió.  Por la cabeza de Damián pasaron muchas cosas en ese segundo, podría tener buen sexo esa noche, podría perderse en los ojos de Alejandro, podrían simplemente quedarse hablando toda la noche.  Por lo pronto, se olvidaría de Carlos, aunque le recordara al otro día.  Ese Valentín, se prometió, sería diferente para él.

 

 

 

Justo como Damián lo había prometido, la biblioteca de su casa era en realidad enorme.  El lugar era un loft ubicado en la Loma del Tesoro en la ciudad y desde allí podía ver perfectamente el Centro Comercial del mismo nombre y donde se habían conocido; el sur y gran parte de la ciudad. 

En el segundo en que puso un pie en el lugar y Damián le invitó a su estudio, Alejandro sintió su respiración detenerse.  Era el sitio más elegante en el que había estado desde que había llegado a la ciudad y por el auto que Damián conducía y su casa, supo que él no era alguien que pasara privaciones.

—¿Este lugar es suyo? —preguntó dejando caer su maletín en alguno de los enormes sillones del lugar.

—Alejandro, es hora de que empecés a tutearme, o que volvás al vos, ¿me oíste? —El acento Antioqueño se marcó en la voz de Damián, lo que conllevó a que el otro asintiera—. ¡Y dejá de asentir!  ¡Habláme normal y ya! —El pelinegro vio al otro despojarse de su chaqueta y dejarla en el respaldo de la silla de su estudio para luego sacarse la billetera del bolsillo de atrás de su pantalón y ponerla en la mesa—. Y sí, este lugar es mío.

Alejandro se giró hacia el ventanal, lo que Damián observó con curiosidad. 

—¿Dónde queda el baño? —El muchacho giró de repente a hablarle y Damián le dio las instrucciones para que llegara al baño social. Él fue hasta el ventanal y se quedó mirando la ciudad.

Todo eso era una locura, se decía.  Nunca le había mentido a su familia sobre su condición sexual, pero tampoco era de llevar muchachos a su casa a pasar la noche; esa era su primera vez y se sentía aprensivo de haberlo hecho.  Culpaba a los ojos azules de Alejandro; a su voz profunda, tranquila, casi infantil, el muchacho era un poco más joven que él.  Ya se encargaría luego de preguntarle de dónde era, aunque por el acento, seguramente era del sur del país.  Si tenía un portátil, seguramente no era otro estudiante pobre que llegaba a la ciudad a estudiar en la Universidad de Antioquia y a vivir en una residencia con otros diez estudiantes de, sabía Dios, qué otra parte de Colombia.

¿Y si a Carlos le daba por aparecerse en el apartamento?  ¿Qué haría?  ¿Echaría a Alejandro?  ¿Mentiría?  Damián se llevó las manos a la cabeza una vez más y dejó reposar su frente en el cristal del ventanal donde Alejandro había estado momentos antes.

Sí, estaba fuera de sus cabales.

—Si querés que me vaya, me lo decís y listo. —La voz de Alejandro se tornó incitadora en su oído, su respiración cálida en su nuca.  Se preguntó cómo fue que no le escuchó entrar de nuevo, pero no se dio tiempo a seguir pensando.  Inclinó su cabeza levemente hacia un lado, dejando su cuello al descubierto; permitiendo que tuviera fácil acceso a él.

—No. —Fue todo lo que respondió antes de dejar que el muchacho le atrajera contra su pecho y recostarse, para literalmente, dejarse llevar por su olor, una combinación a sudor del día y a jabón de manos de su baño social.  No había explicaciones para lo que estaba ocurriendo; para el súbito cambio de ambiente, para Alejandro y el trato que le daba.  Las manos del muchacho se movían firmes y libres sobre su pecho. 

Damián cerró los ojos y sintió la respiración acompasada rozar su nuca, haciendo que cada vello de su piel se erizara.  Era diferente.  Hacía mucho tiempo que no sentía en su cuerpo otras manos que no fueran las de Carlos, que se presentaba en sus pensamientos una vez más, pero que era fácilmente olvidado al toque de la yema de los dedos de Alejandro.

Damián suspiró. Se sentía a gusto de esa manera, mientras las manos del joven comenzaban a explorar su cuerpo y se movían más hacia abajo.  Alejandro las había llevado por debajo de su camisa y habían pasado del frío que queda después de lavarse las manos, a la calidez que da el contacto con otro cuerpo. 

Suspiró de nuevo.  El pelinegro llevó sus manos a la cintura del mayor, rozando la barrera que formaban el resorte de sus boxers.

Lentamente, al movimiento acompasado de la punta de sus dedos en el umbral de su pelvis, Alejandro añadió un roce a su glande.  Damián gimió ésta vez y perdió control de su propio cuerpo. 

Alejandro le tocaba como queriendo marcarle, dejando esas señas ocultas bajo su piel; que le quemaran y le gritaran desde su silencio que ese momento era de ellos únicamente. 

El dueño de casa se dejó apoyar contra el vidrio, las palmas de sus manos comenzando a sudar copiosamente. Alejandro se alejó un poco, lo suficiente para hacer que de su garganta saliera un sonido parecido a un gruñido de desaprobación. Había pasado el momento en que su razón hubiese podido decirle que estaba haciendo algo mal, parecía que todo su ser deseaba lo que le estaba ocurriendo. 

El oji-azul le tomó por la cintura, levantando su cadera un poco, de manera que Damián quedó levemente inclinado contra el ventanal, siendo sus manos su único apoyo.  Con cuidado le levantó la camisa por detrás, rodeó con sus manos su cadera y la acarició en su redondez.  Gimió por la erección que se elevaba entre sus pantalones, mientras se acercaba al oído de Damián y le mordisqueaba, susurrándole por momentos cuánto le gustaba su trasero. 

Alejandro había decidido apoderarse de su miembro y el contacto de su mano, hizo que Damián aceptara que no había marcha atrás.  Lo deseaba, quería que le acariciara, que le tomara, y estaba dispuesto a que así fuera. 

El más joven meneaba su mano al ritmo del movimiento de las caderas del dueño de casa, quien comenzó a jugar a su vez, unas veces se movía más rápido, las otras más lento y Alejandro le complacía en cada una de ellas.

En ese momento timbró el celular de Damián y él dio un respingo.  Alejandro no le permitió desconcentrarse; contrario al juego anterior, puso su miembro entre sus nalgas, haciéndolo gemir dulcemente, complaciéndole.  —¿Te gusta? —La pregunta llegó serena y la respuesta de Damián, que levantaba sus nalgas y las apretaba contra su pelvis, gratamente aceptada.

Damián sentía su cuerpo separarse y anhelaba lo que sabía ocurriría; y su deseo por Alejandro creció en desmedida.  —Alejo, dejá de jugar conmigo. —Le decía y suspiraba preso de las ganas desbordantes de sentirlo profundo en su interior mientras anticipaba la sensación.  Luego sintió cómo el muchacho humedecía su esfínter con saliva. 

Damián rogó ésta vez.

El celular sonó de nuevo y Alejandro pudo ver decepción en el rostro del rubio. 

Él tampoco quería que fueran interrumpidos, pero no había manera de evitarlo.  —Contestá. —Su voz era melosa e hizo que las piernas de Damián flaquearan y que sintiera que se caía—. Hácele, contestá. —Y movió su pelvis contra su trasero, mientras le observaba agacharse hasta sus pantalones y sacar el aparato del bolsillo trasero. 

El muchacho seguía mirando el reflejo del mayor en el espejo formado por el vidrio contrastado con la oscuridad, y le molestó ver, ya no decepción, sino pánico en su rostro.

—¿Aló? —Damián habló sin incorporarse.

—“¡Damián!  ¿Dónde carajos estás?”

Duró sólo un segundo, aquél en que el rubio dudó en contestarle a quien estaba al otro lado de la línea, para que Alejandro actuara.  El volumen del teléfono era tan alto que todo el edificio habría podido escuchar la manera en que gritaba el hombre que había llamado. 

Alejandro se aprovechó de su posición para penetrarle, embistiéndole completamente.

Damián llevó el celular contra su pecho y gimió de gusto.  Alejandro le tomaba de la cintura y él gruñía del placer.

—Seguí hablando con él —le dijo en un susurro.

—No, no puedo.

—Dale, yo no me enojo.

¡Damián! —La voz de Carlos no pasó desapercibida para ninguno de los dos. 

Alejandro le ayudó a incorporarse y acomodarse de nuevo contra el ventanal, luego continuó moviéndose, sin dejar de hacerlo ni por un instante. —Hablá con él… no dejés que te joda… yo estoy con vos…

—Carlos… —Damián habló quedamente por el teléfono.

¿¡Qué en dónde estás!?  ¡Llegué al Tesoro y no estabas! —Sonaba enojado, por supuesto.  A Carlos no le gustaba que él pensara por sí mismo; pero poco le importaba en ese momento.  Se sentía pletórico, a punto de venirse y deseando a Alejo y su duro miembro dentro de él más que a nada en el mundo.

Damián no siguió hablando.  El orgasmo le nublaba los sentidos y el que Alejo siguiera moviéndose, ahora más rápido y fuerte contra sus nalgas le hizo olvidarse por completo del teléfono y lo dejó caer.

Alejandro le tomó por la cintura, abrazándolo y él pudo verse en el reflejo del vidrio.  Su camisa estaba subida casi hasta su cuello, sus pantalones en sus tobillos y el muchacho detrás de él mirando directamente a sus ojos en el reflejo del vidrio.  Alejo estaba disfrutando tanto como él, su rostro dejaba ver tal satisfacción que simplemente servía para aumentar sus sensaciones.

Llamó a Alejandro aún cuando su respiración era entrecortada y gritó su nombre cuando el orgasmo le sobrevino y se derramó prolijo, sintiendo su cálida simiente llenar su interior.

Se dejaron caer contra el ventanal, el cuerpo sudoroso de Damián pegado contra éste, mientras giraba su cabeza lo suficiente para poder besar a Alejandro.

—Dios mío bendito, —murmuró Alejandro en cuanto se separaron y Damián se giró completamente para poder verle. Él le devolvía la mirada con un dejo de pasión aún ardiendo en sus ojos, y que los hacía más oscuros de lo que eran en realidad. 

Damián aún no se sentía satisfecho y volvió a besarle con fuerza—. ¿Querés seguir esto en la habitación?

Alejandro asintió.

 

 

 

Del otro lado de la línea, Carlos escuchó a Damián llamar a un tal Alejandro entre gemidos y jadeos.  Le escuchó pedir más, que le hiciera más fuerte.  Apretó el teléfono fuerte contra su mano y quiso ir corriendo a su casa, partirle la cara y dejarle bien claro que a él, nadie le ponía cuernos.  Pero se detuvo a mitad del camino, justo cuando salía de la plazoleta de comidas y se acercaba al área de información.  Sabía que sólo necesitaba bajar las escalas, tomar su carro y subir las pocas cuadras que les separaban, pero no lo hizo.  Haría que Damián pagara por haberle estropeado, lo que hasta ese momento era, una noche de San Valentín perfecta,  Ya había estado un rato con Manuel, con quien el sexo había sido estupendo; sólo faltaba poder estar con el dulce de Damián y habría estado todo bien, si todo no estuviera arruinado.

Se repetía una y otra vez que todo era culpa de Damián. 

Si Damián no le quisiera tanto, si tan sólo fuera menos molesto, entonces sería el compañero perfecto.  El problema era que de todas maneras, él no consideraba al rubio como su pareja.  Damián era simplemente otro tipo con quien pasar la noche, pedirle dinero prestado que nunca devolvía y mantener su estatus.

No le llamaría más por el resto de la noche; le dejaría sufrir por haberse atrevido a marcharse y que él no le encontrara esperándolo.  Ya le preguntaría por el tal Alejandro y se encargaría de demostrarle que no había manera en el mundo de cambiarlo por alguien más.  Eso, contando con que habría alguien que se fijara en Damián.

Giró hacia la derecha en camino a las escaleras eléctricas, pero ya casi llegando a ellas, decidió continuar derecho.  En frente de él había un par de hombres que según sus estándares eran perfectos.  Seguramente irían al gimnasio y lo quería averiguar por sí mismo.

Ya llamaría a Damián…luego.

 

 

 

 

 

Cuando Damián despertó, lo hizo en su cama y estaba aparentemente recién arropado; no era su costumbre dormir así, siempre terminaba con la cobija enrollada en los pies o a un lado.  Se dejó caer en la almohada y llevó sus manos a sus labios.  Aún no podía comprender sus acciones de la noche anterior y lo peor era que, siguiendo su propia filosofía de vida, no se arrepentía de lo que había hecho.  Tenía que reconocer que tampoco cambiaría nada de lo que ocurrió.  Bueno, excepto quizás, la llamada de Carlos.

Carlos…

De nuevo él aparecía en sus pensamientos, pero se le antojaba más distante que nunca.  Era apuesto, trabajaba con la Bolsa de Valores de Medellín, y tenía más sentimientos el inexistente perro que tenía como mascota.  Damián había pensado siempre que dada su condición homosexual, nadie le aceptaría sin juzgarlo.  Ahí, se decía, era donde había estado su error.  Nadie en su entorno había llegado a hacer el más mínimo comentario y él mismo no lo gritaba a los cuatro vientos.  Era lo que era y punto.  Carlos se le había presentado encantador, pero cada día le demostraba que no era la persona más idónea para ser su compañero.

Alejandro por otro lado había dado de sí como había recibido de él.  Se había entregado a él de tal manera, que sentía que volvía a revivirlo todo con sólo evocarlo.  Fue también en algún momento de la noche que Damián habló de Carlos y Alejandro le detuvo, diciéndole que era mejor que no pensara en él. 

Damián se entregó una y otra vez y disfrutó cada toque como si fuera el último que recibiría.

No tendría que ser así.  Al menos eso fue lo que Alejandro le había dicho la noche anterior cuando descansaban un tanto después de una buena dosis de sexo.  Él le había pedido al muchacho que se quedara, y se sorprendió al recordar la certeza con que lo había hecho y la necesidad creciente de Alejandro que sentía.  ¿Cuánto habían hablado?  ¿Unos quince, quizás veinte minutos ante de ofrecerle su casa?

Pero no podía negar que Alejandro olía a hombre, que ese olor le llenaba y que cada vez que las manos del muchacho le habían acariciado,  había sentido la necesidad de un poco más.  Era absurdo y se lo repetía constantemente, pero quería que, lo que sea que hubiera pasado entre ellos, como si no lo supiera, fuera algo real.  Algo que quizás en el futuro, podría ser constante.

Alejandro le había hecho sentir la seguridad que Carlos jamás le había ofrecido.  De la misma manera, le urgía saber dónde estaba el muchacho, y saber por qué se había despertado solo.

El teléfono timbró de nuevo, sacándolo de sus pensamientos. Se estiró a mirar el identificador; se tumbó boca abajo para alcanzarlo y al ver quién era el que le llamaba, decidió hacerse el de la vista gorda y dejar que sonara.  Si Alejandro se quedaba, aunque fuera por el resto de ese día, sabía que no le contestaría a Carlos.  Al menos por el momento, eso le era suficiente.

Se levantó y aún adormilado, se dirigió al baño a lavarse los dientes y mojarse la cabeza.  Por supuesto, al caminar su trasero le recordó lo que había estado haciendo hasta altas horas de la noche y no pudo evitar tanto la risa que le embargó como el sonrojo que le siguió.  Se recostó en la pared enfrente del espejo, sobre el lavamanos y se llevó la mano a la cabeza, luego a los labios.  La noche anterior había sido desenfrenada después de todo.  Recordó al ver su reflejo en el espejo, su propia imagen en el estudio, Alejandro detrás de él y sus ojos devorándolo, como si su cuerpo no lo hubiese hecho.

Se apresuró a hacer lo que pretendía desde un principio y buscó el pantalón de su pijama debajo de su almohada, pero no lo encontró, por lo que optó por tomar una sudadera para ir a la primera planta.  Seguramente Alejandro ya se habría ido.  Sin embargo, se llevó una sorpresa al ir bajando y que de la cocina saliera un olor a chocolate recién hecho que llenaba todo el loft.

Terminó de bajar las escaleras a toda prisa y vio la puerta del estudio abierta.  Casi corrió hasta entrar y ver a Alejandro sentado en su escritorio escribiendo en el portátil que le hubiera visto la noche anterior. 

—Buenos días —saludó un poco temeroso, pero se tranquilizó en cuanto vio la sonrisa amplia del muchacho.

—Disculpá el atrevimiento.  Me puse el pantalón de tu pijama y me vine a tu estudio a trabajar… —Alejandro bajó un poco la pantalla de su portátil y Damián comprobó que tenía el torso desnudo.  El muchacho al verle tan callado, se apresuró a continuar hablando—. Anoche me dijiste que podía terminar mi trabajo aquí…

—Y yo acabo de interrumpirte. —El rubio caminó hasta el escritorio y movió la silla donde estaba sentado Alejandro para acomodarse encima de él y mirar la pantalla.  Era tan familiar con él, tan cómodo el compartir esas pequeñas cosas, que respiró profundo—. ¿Economía? —preguntó, moviendo sus dedos sobre el mouse.

—Sí, mis padres me enviaron a estudiar aquí. —Se inclinó hacia la espalda de Damián y miró por encima de su hombro para luego mostrarle los demás documentos abiertos—. Tengo que terminar estos también y como tu internet es tan rápido, ya pude bajar varios libros y consultar tranquilamente…

Damián vio la taza de chocolate al lado del computador y la tomó entre sus manos para beber de ella.  No entendía ni media palabra de lo que tenía en frente, pero le gustaba que Alejandro le permitiera entrar en su vida así.  —Te quedó rico. —Le miró de soslayo y sonrió, ofreciéndole la taza y levantándose al notar la reacción del cuerpo del muchacho contra el suyo—. Creo que me voy a bañar ya. —Al terminar de hablar, salió del estudio.

—Damián… —Alejandro le llamó en voz baja.

—Por cierto, —el rubio se devolvió y metió su cabeza por la puerta mirándole directamente—, si querés te presento a mi papá, es un duro para eso de la economía.

Alejandro asintió sonriendo.

Después de todo, Damián pensó que quizás no sería tan descabellado el olvidarse de Carlos y dejarse consentir por Alejandro.

El teléfono sonó de nuevo, pero Damián no hizo movimiento alguno para contestarlo, lo mismo ocurrió cuando su celular que seguía en el piso junto al ventanal timbró a la tonada de Give It up to Me, de Sean Paul y Keyshia Cole que tenía como ringtone.  Sabía muy bien quién era y qué hacer.

—Alejo, ¿me acompañás a la ducha o preferís quedarte estudiando? —Damián salió de nuevo ignorando el ruido de los teléfonos que se alternaban para hacerlo y Alejandro fue detrás de él; a fin de cuentas, también necesitaba bañarse.

 

 

 

Febrero diez, dos-mil-ocho